En la provincia de Burgos, Ana María Melchor gestiona Melma Caracoles, una de las seis granjas de caracoles de la región, un negocio sacrificado pero rentable que combina dedicación, conocimiento y tradición familiar. Su explotación, ubicada en Ciadoncha, se rodea de campos de cereales y girasoles que también cultiva la familia, y representa un ejemplo de cómo diversificar la actividad agraria en el medio rural.
Ana María trabaja con dos tipos de granjas: una cerrada, con mallas y techo, y otra a cielo abierto, protegida con barreras y sistemas antifugas de medio metro. La granja abierta requiere más atención, ya que los caracoles están más expuestos a animales como ratones, erizos o pájaros. La familia complementa esta protección con grasa y sal para evitar fugas.
El ciclo de producción comienza en abril con la compra de alevines. Los caracoles crecen primero en la granja cerrada y, cuando alcanzan un tamaño intermedio —los llamados “garbanceros”—, se trasladan a la granja abierta hasta que llegan a los 10 gramos de peso, listos para su comercialización.
Para mantener la salud y el desarrollo de los caracoles, Ana María siembra cada temporada plantas de hoja verde, como trébol, espinaca, acelga o nabo, y complementa su alimentación con pienso enriquecido con calcio y minerales. Esto asegura cáscaras fuertes y saludables, y un producto mucho más limpio y fácil de preparar que los caracoles silvestres.
El control sobre la alimentación y el entorno convierte a los caracoles de granja en un producto más sano y seguro, y con la ventaja de ser fáciles de lavar, eliminando rápidamente tierra y baba sin necesidad de tratamientos adicionales.
Los caracoles de Ana María llegan a restauración, a particulares que visitan la granja, y a la tienda Los Pisones en Burgos ciudad. Además, la marca Caracoles Melma se promociona en Instagram y página web, ampliando su visibilidad y conectando con consumidores que valoran la procedencia y la calidad del producto.
Junto a Ana María trabaja su hijo Marcos, y ambos recomiendan verificar siempre la procedencia del caracol, ya que no todos los productos vendidos como “burgaleses” lo son realmente.
Aunque la inversión inicial es importante, las tres primeras campañas de la granja han sido rentables, con una media de 3.500 a 4.000 kilos de producción anual. A pesar de su tamaño —una granja de 2.000 m² y otra de 900 m²—, Ana María asegura que la actividad es viable, aunque requiere trabajo diario intenso, especialmente en temporada, cuando la vigilancia es clave para evitar enfermedades y pérdidas.
La explotación se mantiene operativa fuera de temporada con labores de limpieza, desinfección y preparación de los terrenos para el siguiente ciclo.
Además de su faceta de productora, Ana María comparte cómo cocinar sus caracoles siguiendo una receta familiar:
Una receta sencilla, que refleja la herencia familiar y la calidad del producto de granja.
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